HOMILÍA | La Transfiguración del Señor

LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR. Volvamos a mirar. No cejemos en el intento. Que miren de nuevo los que se creen más santos. Que miren los pasotas. Los que no creen, que no dejen de hacerlo. Que miren los trabajadores incansables, los que no tienen ni tiempo para mirar. Que miren. Que miren los que juerguean por las noches, que se detengan a mirar la noche, aunque se tambaleen. Que vuelvan a mirar. Que miren los cuidan a los enfermos, que miren los policías que vigilan la noche, que miren los serenos, si quedan, o los guardabosques, o los fareros. Que todo el mundo vuelva a mirar. Que lo hagan los taxistas y los comandantes de vuelo. Que lo hagan los barrenderos y los que están barrenando en las aceras. Que paren un tiempo y miren. Volvamos todos a mirar.

Daniel 7. “Mientras miraba, en la visión nocturna vi venir en las nubes del cielo como un hijo de hombre.”

Eso es. Se trata de ver. De verle. Se trata de afinar la mirada, como los telescopios que miran el Universo. Nuestro corazón es un precioso y nítido telescopio. Sólo hemos de ponerle en la orientación correcta y afinar el ojo del corazón, y ejercer toda la limpieza necesaria. Y llegará el día en el que veamos. Seguro. Es la historia mil veces contada por miles de creyentes que han visto en medio de la noche, entre la niebla, con el cielo de su alma lleno de nubes, de nubarrones, de tormentas, de relámpagos deslumbrantes; que han visto entre los huracanes, o arrastrado por los maremotos. Salmo 96. “El Señor reina, la tierra goza, se alegran las islas innumerables. Tiniebla y nube lo rodean”. Son muchos los que le han visto el amanecer, o entre la suave brisa de la tarde, o mientras se ponía el sol, o en el centro del día más apacible, o rodeados de una multitud innumerable. Se trata de ver. De verle.

“Los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: ‘Levantaos, no temáis.’ Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.”

Se trata de encontrarse con Él. De ver a Jesús. Al Transfigurado. Con figura de Hijo Amado de Dios. Hemos de experimentarnos nosotros mismos como transfigurados, para que aprendamos a afinar la figura, para que sepamos cómo podemos ver a Jesús, al alzar la vista. Aquí os dejo algunos ejemplos para empezar la búsqueda:

El gozo de su amor, que se concentraba de un modo exultante en sus momentos de entrega mutua, estaba precedido de muchas dificultades en la vida laboral y familiar de Alberto y Susana. Pero ellos se sabían en comunión entre ellos, de algún modo con Dios y con el universo del que formaban una pequeña parte. Y ahí se encontraban rodeados de luz. Y se sentían hijos amados. Daban gracias y se llenaban de fuerza para afrontar las cruces de su vida, que no eran pocas. Su hijo, enfermo mental y sus mínimos salarios, les complicaba la vida. Pero su encuentro mutuo y amoroso les resultaba una auténtica transfiguración. Al levantar la vista aquella noche…

Naima volvía radiante de sus clases. La semana había sido increíble. Habían pasado por ellas decenas de profesionales de la salud. Su trabajo, que la agotaba, sin embargo, la hacía inmensamente feliz. Colaborar en el crecimiento personal y en la formación de sus compañeros, lo cual repercutía en la salud de todo el sistema, de todos nosotros, era para ella una dicha completa, una transfiguración que se la pasaba a su pareja, y a la comunidad en la que alimentaba se fe y con la que se comprometía. Al levantar la vista aquella noche…

Manuel era un joven de 25 años, con un trabajo incipiente. Le acababa de abandonar la novia. Llevaba años en su parroquia, dedicando muchas horas al trabajo como catequista y voluntario con niños marginales de un barrio de exclusión social de su ciudad. Era un hombre despierto y consciente del desgarro profundo que producen este mundo y este sistema económico, que también a él le carcomía. Pero al estar rodeado de niños, y proyectando en ellos la luz de su enseñanza, de sus narraciones, de sus vivencias, se sentía feliz, se sabía un transfigurado. Y me lo contaba aquella noche en la que le invité a levantar la vista y…

Son tres pequeños ejemplos de vivencias naturales de transfiguración por el amor. Sabemos que sólo el amor sana y salva, y que sólo el amor nos transfigura, nos cambia la sonrisa, nos cambia el brillo de los ojos, nos sana las heridas del corazón, nos llena de luz y de esperanza, nos torna transparentes, nos cambia la figura.

Y eso sucede de vez en cuando. No sucede siempre, no. En la vida de Cristo sucedió esta vez. Mateo 17. “Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: ‘Señor, ¡qué bien se está aquí!'”.

En nuestras vidas puede suceder en tono menor. Y sucede cuando nos es necesario. Así lo quiere Dios. Eso sí, hemos de estar atentos a los momentos de transfiguración. Son importantes. Nos orientan. Nos muestran lo que es esencial para nosotros, nos dan aliento, nos pacífica, hacen que nazca un día o un lucero en nuestros corazones. Estemos atentos. 2 Pedro. “Hacéis muy bien en prestarle atención, como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro, hasta que despunte el día, y el lucero nazca en vuestros corazones.” Cristo espera. Te espera. Me espera. Nos espera. Volvamos a mirar.

Antonio García Rubio

Lectura del santo evangelio según san Mateo (17,1-9)

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»
Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.»
Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis.»
Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.
Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»