HOMILÍA | XXIII Domingo de Ordinario

DOMINGO XXIII TIEMPO ORDINARIO. Qué bueno es llegar a descubrir en la humilde oración, por uno mismo, aunque íntimamente unido y en comunión con sus hermanos, que Jesús está siempre disponible y presente entre nosotros. Y qué bueno vivirlo, con gozo y con paz, en la tradición de fe recibida. Y hemos de tener muy en cuenta que para que fragüe el don, es necesario que dos o tres estemos reunidos en su Nombre. Así pues, la comunidad, en comunión de vida y de fe, se hace imprescindible para que cualquier bautizado pueda ver al Señor, sentir su presencia y escuchar con nitidez y verdad su Palabra; pueda experimentar el don y la fuerza de su Espíritu, y experimentar la fraternidad; pueda orar con quietud y confianza al Padre; y pueda explosionar la Evangelización entre los que secretamente la esperan.

Y todo ello vivido con la confianza que da una comunidad de hermanos, que tienen un alma común, y se sabe escuchada y amada. Nos dice Mateo: “Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.”

Reunirse en el Nombre de Jesús es la gran experiencia de los creyentes. Es ahí, en la Asamblea cristiana, donde el bautizado crece, y siente que su fe y su persona se expanden entre la Vida Trinitaria y el Cuerpo de Cristo. Es ahí donde el creyente nota que su alma y su mirada se centran en Jesús, como el verdadero punto de unión y encuentro. Es ahí donde el corazón del cristiano se puebla de nombres, y de una nueva y sabia sensibilidad.

Es esa sensibilidad la que le hace comprender que el sentido de su vida es el aprendizaje del amor. Pablo lo dice en Romanos 13: “A nadie le debáis nada, más que amor; porque el que ama a su prójimo tiene cumplido el resto de la ley. De hecho, los mandamientos se resumen en esta frase: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo.’ Uno que ama a su prójimo no le hace daño; por eso amar es cumplir la ley entera.'” El que aprende a amar en Nombre de Cristo no tiene necesidad de mandamientos. Por el contrario, los que en la práctica diaria se niegan a aprender a amar, son los que tienen más necesidad de unos mandamientos a los que asirse. Los que aprenden a amar no hacen mal a nadie, y al amar, cumplen la ley entera. No hay perfección mayor.

Los que aman son como atalayas que inspiran anhelos de luz y de amor en la sociedad actual. Todos necesitamos de puntos de referencia en el camino de la trágica historia contemporánea. Tú, hermano discípulo de Cristo, has sido elegido para ser como humilde atalaya. Así lo expresa el profeta Ezequiel 33: “A ti, hijo de Adán, te he puesto de atalaya en la casa de Israel; cuando escuches palabra de mi boca, les darás la alarma de mi parte.” Y aquí está la misión de una atalaya del siglo XXI: Ser memoria en tiempos de olvido; ser aliento en época de desalientos; ser presencia en tiempo de ausencias; ser candela en noches de división y violencia; ser silencio en época de ruidos estridentes; ser palabra en momento de lamentos y aullidos.

Salmo 94: “Ojalá escuchéis hoy su voz: ‘No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masa en el desierto; cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras.'” Algo, así de sencillo, es lo que se nos pide a los discípulos del Maestro Jesús, y es lo que nos espera a cada uno de nosotros: Primero, la práctica diaria, en la oración y en el servicio cotidiano, tanto de la escucha del Señor, como del llanto de los últimos. Segundo, la frescura del corazón que cada mañana y cada tarde se flamea en un silencio que presta atención y ama, y que se ablanda, como Cristo Jesús, hasta convertirse en pan para todos. Tercero, la confianza vital y de fe que recoge el legado que se nos ha transmitido en la Iglesia, y lo susurra al oído de los humildes. Y, cuarto, la serenidad del que no necesita poner a nadie, tampoco a Dios, pruebas, ni tampoco pedir explicaciones, pues sabe que las diferencias y las dificultades son parte esencial en el camino de vuelta a la Casa del Padre.

Así, pues, hermano, no temas. Confía. Ponte en marcha. Sé candela para tus hermanos. Persevera paciente. Sirve con pasión entre los últimos. Aguanta el tipo con tus enfermedades, con tus noches oscuras, con tus miedos, con tus malestares y con la opresión que sientes entre los tuyos. Colabora en la liberación de los atropellados por la pobreza, la miseria, o la inhumana exclusión. Ayuda a crear comunidades donde se pueda encontrar y mantener viva y ardiente como una llama la fe en Jesús. Y a hacerlo todo en su Nombre.

Antonio García Rubio.