HOMILÍA | XXIV Domingo de Ordinario

DOMINGO XXIV TIEMPO ORDINARIO. Eclesiástico 27: “¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al Señor?” Si no te perdonas a ti mismo, ¿cómo serás capaz de perdonar de corazón a tu prójimo? Si no te amas, ¿para qué te molestas en amar a tu prójimo? ¿Es posible que de ti salga amor, si no has aprendido en el trato contigo mismo el fundamento del amor? Al enunciar su mandamiento, Jesús dice: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Luego, lo que pasa dentro de ti, está relacionado con tu capacidad de sacar fuera con autenticidad tu propia verdad. No brotará amor fuera de ti, si no experimentas el amor en ti mismo. Y tampoco saldrá de ti el perdón, si previamente no la has vivido en ti, contigo mismo.

En la obra de teatro El Triciclo, de Fernando Arrabal, un personaje pedía perdón, para decir por detrás y por lo bajito: ‘del gato rabón’. ‘Perdón del gato rabón’. Mucho perdón de esta sociedad es postura social; es educacional, de gente buenas costumbres; o es engaño. Perdón del gato rabón´’. Perdón que no es perdón. Perdón que es hipocresía, o falacia o expresión de reconcomido complejo de inferioridad. La misma posibilidad del perdón, de ofrecer un perdón sincero, desde el corazón, cuando hemos sido heridos, supone un trabajo previo y serio dentro de nosotros, tanto para dar como de recibir el perdón. Somos muchos los que no sabemos perdonar, porque no nos perdonamos a nosotros mismos. Del mismo modo que el que no se ama a sí mismo, no es capaz de amar a sus semejantes.

Jesús utiliza también el dicho: “Médico cúrate a ti mismo”. Porque si desconoces la vida que llevas dentro, ¿cómo podrás entregarla? Si desconoces los dones ocultos de tu alma, ¿cómo podrás ofrecérselos a tus hermanos o tus enemigos? “Conocerse a uno mismo” es la verdad esencial de toda filosofía, y el sustrato esencial de toda fe religiosa. El que no se conoce a sí mismo, ni sabe ni tiene en qué apoyarse para conocer en verdad del otro y la del universo que le envuelve. Necesitas saberte y sentirte perdonado, sin que medien intereses, para poder perdonar a tu hermano. El que no aprende en sí, social o religiosamente, estas verdades esenciales de la vida, tendrá dificultad para entender el mensaje y el sentido de reconciliación de Jesús y de su cruz.

Mateo 18: “Se adelantó Pedro y preguntó a Jesús: ‘Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?’ Jesús le contesta: ‘No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.” El cristianismo es una escuela de amor y perdón. La CRUZ de Cristo, que hemos exaltado y adorado el pasado 14 de septiembre, es la muestra más viva y eficaz de lo que es y significa un amor que se ofrece como perdón y reconciliación. Los cristianos, así que nos adentremos en el silencio orante de nuestras pobres vidas, podremos experimentar el perdón y el amor de Cristo, que unidos. La redención es aceite de olivo derramado tras ser exprimida la aceituna más increíble que colgó del árbol de la cruz. Es bálsamo que cura, sana, devuelve la paz, reconforta, libera, alivia, unta el alma de concordia y comprensión, une corazones, crea unidad y comunión. Pon tú, hermano, amor en tu corazón, para que tu influencia en el mundo sea amorosa. Llegarás hasta setenta veces perdonando, porque habrás experimentado dentro de ti, lo que es el perdón infinito y eterno de Dios.

Nadie da lo que no tiene. La hipocresía, que esconde la verdad, retrasa la llegada del tiempo del amor y del perdón. Huye de ella y sana por dentro. La fe cristiana es una oportunidad única para convertir en verdad y en autenticidad tanto tu necesidad de recibir como de ofrecer el perdón. Todo te nacerá en la fuente de la oración, de la Eucaristía, de la Penitencia. No cabe la hipocresía en los hijos de Dios, pues los que experimentan el perdón de Dios, conocen la transparencia. No cabe ‘el perdón del gato rabón’.

Se ha expulsado, de la vida pública, social y política, el perdón y la posibilidad de conversión. Y se ha quedado sólo con la condena y la culpabilidad. Lo cual demuestra su aturdimiento y su desconocimiento del potencial que trae consigo el verdadero perdón. No se busca la sanación de los ciudadanos, sino que se opta por la ambigüedad. Llevamos siglos cargando con la mentira de un perdón y una reconciliación que no son auténticos. Queda un oscuro postureo, según las conveniencias, o un chantaje que busca beneficios. No la verdad que libera al hombre. Y así no existe coherencia entre el daño causado y la responsabilidad de saberse perdonado. La justicia del arreglo o del acuerdo pactado es una salida en falso, que provoca daños visibles y favorece la falsedad moral del ambiente, al eliminar el don del perdón y de la reconciliación, que son el fundamento de la verdadera sanación. Salmo 102: “Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; te colma de gracia y de ternura.”

El perdón es gratuidad que viene del amor de Dios. En Él comienza una nueva vida. Romanos 14: “Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor. Para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos.” Vive perdonándote y perdonando, del mismo modo que tú eres perdonado incondicionalmente por Dios.

Antonio García Rubio.