HOMILÍA | Solemnidad de la Natividad del Señor

Estamos en la Navidad del año 2016, y un increíble perfume a nardo, derramado sobre nuestro cuerpo herido o dormido, vuelve a despertarnos y desperezarnos. Algo nuevo renace en la vida de nuestras familias y comunidades cristianas. “En muchas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a los padres por los profetas. En esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo. Él es reflejo de su gloria, impronta de su ser. Él sostiene el universo con su palabra poderosa.”

En el anhelado día de Navidad, nos aparece una pregunta llena de luz y de misterio, que nos pone en pie, erguidos, para poder contemplar, con una espera vigilante: ¿Cuál es el sentido último de lo que contemplan nuestros ojos en este Niño indefenso, nacido en Belén de una virgen madre? Ese es el sentido que nos devolverá la pasión y la alegría del significado secreto del Enmanuel, ‘Dios con nosotros’, y nos animará a realizar su misión.

¿A qué viene a la tierra este tierno e indefenso Niño? ¿Qué misión trae consigo? ¿Por qué ha de correr tantos, tan graves y tan mortales riesgos esta criatura aparentemente desamparada, y sólo cuidada y protegida por dos jóvenes padres sin especial relevancia? ¿Qué misterio esconde este Niño bendito que tanto nos atrae hacia sí?

Dios es escrupulosamente respetuoso con la libertad y la historia del hombre. Y, del mismo modo que lo creó para vivir en esta tierra, le ofrece ahora, de la mano de su Hijo, de este Niño sonriente, una buena noticia que ilumine y aliente su compleja y sufriente existencia.

Dios, mediante la Palabra y el testimonio de Jesús, sembrará la tierra con una semilla que crecerá lenta pero imparablemente. Este Niño ha puesto en marcha su desarrollo. “Mirad, proclamará Jesús en el inicio de su misión: ‘el Reino de Dios está entre vosotros”. Y hoy, al celebrar de nuevo su nacimiento, vemos cómo, entre nosotros, sigue creciendo su Reino.

Este Reino es el último y gran sentido de la Navidad. Por él voltean nuestras campanas, comemos turrones y cantamos alegres villancicos. “¡Qué hermosos… los pies del mensajero que proclama la paz, que anuncia la buena noticia”.

¿Somos conscientes de ese Reino esencial que ya está entre nosotros y que todo lo llena y lo desborda? El Espíritu, que nos enseña a mirar, vivir y contemplar el Misterio de Cristo, mantiene viva en ti y en mí la pasión por su Reino: “Venga a nosotros tu Reino”, rezamos. Un Reino nuevo que no depende de nadie, sólo de Dios; que se intuye y se contempla con humildes ojos de fe; que secreta y amorosamente ayudamos a crecer y a vivir entre nosotros con nuestras palabras y gestos de unidad y de comunión; que es la fuerza nueva y definitiva del poder del amor del Dios siempre joven y eterno.

Cristo ha venido para impulsar la realización de este Reino de justicia, paz y amor. No rompe ni destruye los equilibrios o desequilibrios humanos. No provoca ni impide angustias, horrores o guerras. No suplanta la libertad ni tampoco la creatividad o el esfuerzo humano. Y, sin embargo, se mueve, crece y crece, positivamente, en una dirección impensable y desconcertante para la impronta del hombre. Lo hace impulsado por la mano secreta del Espíritu Santo, y contando siempre con la ayuda de la oración y la entrega de aquellos hijos que mantienen la determinada determinación de colaborar con Él.

La Iglesia, que ahora somos nosotros y nuestras comunidades, vive para hacer viable y visible el Reino de Dios. Escucha, mira, da testimonio, incluso con el martirio, y muestra con su vida que el Reino está vivo, que crece con mesura, con humildad, sin aspavientos, pero imparablemente. Y canta con el salmista: “Los confines de la tierra han contemplado la salvación de nuestro Dios. Aclama al Señor, tierra entera; gritad, vitoread, tocad.”

Los cristianos como nosotros, sabemos que el buen trigo, el fruto del bendito vientre de María, permanecerá y vivirá eternamente. Y que la oscura cizaña, que pretende empequeñecerlo y destruirlo, a pesar de crucificarlo, será quemada y desaparecerá al final.

Trabajar por el Reino que nos trae este Niño, es el verdadero sentido de nuestras pobres vidas. Ese trabajo amoroso y cotidiano es nuestra contribución para ayudar a Dios a cambiar el estado de cosas que llevan a la humanidad a la muerte o a la destrucción violenta.

Trabajar por el Reino es acoger a los refugiados, exiliados y emigrantes. Es dar trabajo a los parados y cobertura vital a los que quedan excluidos. Es liberar a los cautivos. Es hacer avanzar la ciencia para que ayude a recobrar la vista a los ciegos; a sanar las graves heridas de la humanidad y sus parálisis; a curar las dolencias de los que padecen cáncer, sida, esquizofrenia, párquinson o cualquier otro mal; es hacer crecer unas familias solidarias y acogedoras de la vida, para que nadie desprecie el don de la vida, ni pase hambre ni se encuentre tirado en las calles; es tender los puentes necesarios que hagan posible la unidad en la diversidad, el diálogo entre los diferentes, la humildad entre los prepotentes, y la solidaridad entre los ambiciosos; es hacer que se mantenga viva la fe entre los pobres y los pequeños, para que no desesperen y no se vean nunca alejados ni del amor de Dios ni de la justicia humana, que llegará; y es continuar apostando por una Comunión entrañable y abierta a la eternidad entre los discípulos de Jesús.

Feliz Navidad, hermanos. Os deseo la ternura sin fin de Jesús, para que sigais creyendo y apostando por desvelar su Reino y así saberos parte integrante de él. Ese es el sentido auténtico de nuestra vida, manifestado hoy en Él, el pequeño y ‘chiquirritín’ Hijo de María, al que adoramos en silencio. Confiemos en Él.

Y proclamemos con el evangelio de Juan: “Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. A cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios. De su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia…”

Os deseo una santa y feliz Navidad.

Antonio García Rubio. Es párroco del Pilar en Madrid.