UNA LITURGIA TRABAJADA Y PREPARADA PARA SER VIVIDA COMO VEHÍCULO DE APROXIMACIÓN AL MISTERIO DE DIOS Y DE CRISTO
1. ¿Un Equipo de Liturgia?
Así dicho y sin más: NO.
Sí, a una comunidad en marcha que se preocupa por la dignidad litúrgica y por el cuidado y esmero de la misma en todas sus celebraciones sacramentales y comunitarias.
2. ¿Un grupo de personas protagonistas
que se dan codazos para que
se les vea en las celebraciones?
NO.
Sí, a unas personas que, con sentido celebrativo y buena preparación, trabajen y sirvan discretamente, entre bambalinas y durante toda la semana, para que en las eucaristías, las celebraciones y las oraciones cristianas se visualice bien al Señor y no a ellos, a sus figuras, y así dejar de empañar con sus egos la presencia de Cristo. Por el contrario, han de preparar a sus hermanos y hermanas que componen la asamblea litúrgica, para que con su participación diversa y profunda, muestren el rostro de Cristo y la entonación de una Palabra Viva, la del Señor Jesús, en cada celebración.
3. ¿Necesitamos que algunos hermanos y hermanas
trabajen litúrgicamente para el buen fin de las celebraciones?
Todos necesarios, pero no dejamos nuestra
responsabilidad en unos pocos atrevidos. NO.
El camino pasa porque todo el pueblo de Dios se convierta en profeta y cuide del don de Dios. El sentido de los ministros litúrgicos está en función de las celebraciones y de la salvación, y ésta se hace visible en la plena participación del pueblo de Dios en una liturgia viva, mediante las lecturas, el canto, los gestos y los signos celebrativos. Hacen falta servidores de la liturgia, que sean humildes y se dejen hacer en el servicio desinteresado.
El camino en nuestra parroquia ha de ser lento. Y sólo podrán trabajar en el servi-cio litúrgico, los que renuncien al protagonismo y quieran servir de corazón a sus hermanos sin apariencias y disfraces engañosos, o apetencias secretas de ‘poder-cillos’.
Comenzaremos el camino promoviendo un grupo de bautizados adultos en la fe y la vida en cada celebración, y cuya dedicación fundamental sea dedicar su tiempo a pensar en ella y a cuidar con esmero la participación y promoción de todos aque-llos hermanos y hermanas, humildes y con don de Dios, a los que vayamos descu-briendo ese ‘su don’ para el canto, para la lectura con unción de la Palabra de Dios, para el ritmo litúrgico, para la monición explicativa o para los diversos servi-cios dentro de la celebración.
Absténgase los francotiradores y los que piensan en sí mismos. Acérquense los que piensen en los demás y no quieren que se les vea protagonizar nada.
Una buena formación y mucha oración para poder servir de vehículo a la acción de la gracia de Dios que se derrama en cada momento celebrativo de los Misterios del Señor.
El tiempo apremia, pero no tenemos prisa. Vamos a hacer las cosas bien y despacio. Y vamos a empezar de abajo arriba, comenzando por crear y recrear con ilusión y con esmero las celebraciones dominicales en las que cada uno de nosotros participa.
El Señor, que es el único protagonista, nos irá enseñando el camino.
¡Que todo el pueblo de Dios vibre con el Misterio de Cristo! |